domingo, 4 de noviembre de 2012

Rompiendo Cadenas...


Hay muchas cosas de las que debo agradecer a Dios, una de ellas es estar rodeada de las personas correctas, porque siempre encuentro respuestas a mis preguntas y dudas. No obstante también me encuentro con remesones y estate quietos que me ponen como se dice en el lugar y momento correcto.

Entre una de las tantas conversaciones que tengo, salió el tema del miedo, unos me decían tengo miedo a no poder con todas mis responsabilidades, otros me decían tengo miedo a cometer los mismos errores que mis padres, una amiga en particular me dijo que tenía miedo a ser como su madre, no es que sea una loca pero por su genio y forma de ser alejaba mucho a su familia, y ella me decía qué pasa si llego a ser como ella y término igual con sus miserias. Sin mentirles fue la primera vez que no supe que decir. Así que no dije nada, pero para varia la Serendipia hizo alarde de su poder  y me llego un correo anónimo con un cuento de Jorge Bucay  “El elefante encadenado”  Y Dice:

¿Me permites que te cuente algo? Y mi silencio fue suficiente respuesta. Jorge empezó a contar: Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de peso, tamaño y fuerza descomunal... pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo. Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir. El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a alguna tía por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. — Hice entonces la pregunta obvia: — Si está amaestrado ¿por qué lo encadenan? No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca...y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta. Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño. Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía...Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –pobre— que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez...—Y así es, Demián. Todos somos un poco como ese elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos creyendo que un montón de cosas “no podemos” simplemente porque alguna vez, antes, cuando éramos chiquitos, alguna vez, probamos y no pudimos. Hicimos, entonces, lo del elefante: grabamos en nuestro recuerdo: NO PUEDO... NO PUEDO Y NUNCA PODRÉ

Hemos crecido portando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y nunca más lo volvimos a intentar. Cuando mucho, de vez en cuando sentimos los grilletes, hacemos sonar las cadenas o miramos de reojo la estaca y confirmamos el estigma: ¡NO PUEDO Y NUNCA PODRÉ! …

Que de cierto tiene saber que todos tenemos de ese elefantito, como nos justa vivir condicionados por el recuerdo de que porque otro  no pudo, nosotros tampoco podremos, por ahí leí que el miedo es como un narcótico, te nubla tanto que no puedes ver que lo único que detiene de ser feliz eres tú mismo. Si tú piensas que porque tu familia carga errores tú debes cargar con ellos… broder ya perdiste, ni psicólogos, ni psiquiatras te van a sacar de ese lugar si es que tú no estás convencido de que eres un ser humano totalmente libre y diferente al resto. Mis amigos siempre me dicen no hay mejor  terapeuta que uno mismo, y es verdad porque como se dice: 

Porque nadie puede saber por ti. Nadie puede crecer por ti. Nadie puede buscar por ti. Nadie puede hacer por ti lo que tú mismo debes hacer. La existencia no admite representantes. Jorge bucay

No pongas cadenas en tus pies, rompe con las ataduras que te amarran emocionalmente, rompe con el estigma de ser preso del pasado, del peso de tu familia, tu eres quien eres, Dios te creo libre y para ser feliz. Sonríe y empieza a vivir de verdad. 

Paz y bien
Serendipia